GANADERÍA TORRE ESTRELLA. EL LABORATORIO DE DON ÁLVARO. LAND OF MEN, BULLS AND HORSES.

J. Ramón Muelas García.

 


     La “Afición Vallisoletana” giraba visita al campo andaluz durante el puente de los Santos llevando en programa conocer la ganadería Torre Estrella (o Torrestrella), una de las que mayor peso específico tiene en la tauromaquia desde los años 60. Tras pasar la noche de difuntos cruzando borrascas a lomos de un autobús, llegamos a Medina-Sidonia bien entrada la mañana.
Algunos kilómetros más hacia el naciente, verde otoño estallante, cercada de chumberas que rezuman la humedad del cercano Atlántico, flores imposibles para los que gastamos boina, suelos labrados por las garias del agua y palmeras blindadas contra las ratas, se halla un pago mítico: “Los alburejos”. Sobre él, coronando cerros, la Torre de la Estrella, ruinas del pequeño castillo roquero donde asentó por breve tiempo un conventus de la poco afortunada Orden Militar de la Estrella, y que da nombre a la ganadería con gran pesar de los propietarios de la fortificación .

Todo respira tranquilidad otoñal y sin embargo, la próxima noche, Noche de Ánimas, que no debe confundirse con la de Difuntos y mucho menos con la de Halloween (antítesis de las dos anteriores), probablemente se dé una vuelta por estos andurriales D. Álvaro Domecq y Díez, monte en su jaca “Espléndida” y escriba toreros versos hasta que entrada la noche pique espuelas para acosar y derribar - Arroyo de la Cabeza abajo- un cinqueño hondo y cornalón: Las leyendas siempre viven.

      Poeta, abogado, torero, investigador, escritor, bodeguero, ganadero .. hasta político!. Un humanista, en fin, que como buen alumno de los jesuitas, disponía del importante bagaje anímico e intelectivo necesario para emprender la aventura de de crear un toro mágico, tal vez imposible, que en su libro “El toro bravo” precisaba había de ser: Fuerte, codicioso, móvil, pronto, enrazado, encastado, fiero, fijo, templado, galopador, de embestida franca y recta, duradero, duro, progresivo y.. bello.

     La materia prima que utilizó era plástica, con genoma poliédrico del mejor origen vazqueño: Vacadas reales de Fernando VII y D. Miguel de Portugal refrescadas con Ibarra y Veragua y modeladas por Francisco Chica Navarro ("Curro Chica"), en cuyas manos terminaron apenas finalizada la guerra; a esto se añadía lo veragúeño de Prieto de la Cal, lo procedente de Carlos Núñez (Villamarta/Rincón/Mora Figueroa) y el toque capital de los jandillas familiares. Así pues, variadas y contrastadas mimbres con las que podía componer cualquier cesto, pero precisamente por variadas, difíciles de tejer.
 Ni dudó en utilizar las técnicas modernas como la inseminación artificial, ni desechó las antiguas y contrastadas, como la tienta de machos sistemática por acoso y derribo en campo abierto; simplemente, aplicó su filosofía, que consistía en buscar primero las calidades anteriormente citadas, reunirlas y luego –y sólo luego- buscar un fenotipo capaz de proporcionar belleza.

      La dificultad principal estribaba en dosificar la fiereza, que él llamaba casta, y que aportaba al comportamiento del toro la inseguridad tan valorada por la parte tradicionalista de los tendidos, como odiada por los toreros :

“.. como la casta producía muchos toros no lidiables, o poco lidiables al gusto de hoy, y por lo tanto, no vendibles, se quitó al toro algo de casta en la selección y el ganadero se pasó en la resta ..reencontrar el equilibrio entre casta, bravura y nobleza, será el dilema ..”.

Así planteaba D. Álvaro el gravísimo problema de equilibrar bravura y fiereza (casta).

Anotó meticulosamente hasta conseguir una base de datos amplia y fiable capaz de permitirle dosificar caracteres mucho más allá de lo que faculta la simple consulta de los libros genealógicos. Reflexionó, experimentó y acabó consiguiendo encaste propio (o casi) bajo el lema: “raza, recorrido, suavidad” al que tenía por “trilogía indispensable”.
Corriendo los años 60 había eliminado la incertidumbre. Sus toros cruzaban completamente el terreno del torero; absortos en la muleta, sin mirarle al cuerpo, sin dudas a medio viaje que hielan la sangre, iban un par de metros más allá dando tiempo a reconfigurar el despliegue para repetir pase; además poseían la belleza honda de los bichos del duque puesta al día: Enmorrillados, aleonados, de altura, cuello y cabeza razonable, todo sin excesos, equilibrado, servían a Dios y al Diablo. Cierto que debían ser cuidados en el caballo, pero también cierto que embestían hasta el final aunque ya no pudieran con el alma. Cierto que iban a tiralíneas, pero también cierto que tenían una dosis de genio capaz de complicar las cosas.

        Bichos de probeta al decir de las malas lenguas; bichos ideales para el arte al decir de buena parte de la torería; toritontos al decir de los toristas, zapatitos al de los toreristas .. alístese el lector donde prefiera, el caso es que Torrestrella se convirtió en un referente y a partir de los años 70 vendió a los toreros y a numerosos ganaderos.
Como  la montera es insaciable desde los tiempos de Joselito y Belmonte, comenzó a cambiar sus preferencias hacia otros elementos de la familia Domecq con menos genio, lo que movió a D. Álvaro a reducir el porcentaje de casta para así seguir vendiendo; entonces aparecieron la debilidad, las caídas, las paradas, y sufrió durante los 80 un bache del que lograría salir.
Murió D. Álvaro y relevó Álvaro Domecq Romero, quien a tenor de los premios últimamente obtenidos, parece haber tomado de nuevo el rumbo. ¿Cómo estaban ahora mismo?. ¿Qué había en los cercados?. Eran las preguntas a responder.

Tras almorzar en los soportales de la finca comenzó la visita de patios, instalaciones, caballeriza, plaza de tientas y plaza cubierta; deslumbrante ésta en su penumbra, silencios y nostalgias, muestra en el deambulatorio inmensa colección de fotos que prueban la fama de la ganadería y el esplendor de los años 60.

      Pero los tiempos cambian, sólo permanece inmutable el precio de la cebada; sobran toros, faltan corridas y mantener los Alburejos en estas circunstancias pide buscar nuevos modos de producción. Como no se prevé a corto plazo un aumento de la cantidad demandada de toros ni un cambio en el gusto del consumidor capaz de mover el precio, la ganadería se ha escindido en dos especialidades; la tradicional o crianza del toro bravo lejos del mundanal ruido y la turística o exposición al visitante del cómo hacen esa crianza.

     La especialidad turística tiene nombre propio: “A campo abierto” y consiste en dar un paseo al visitante por las instalaciones, mostrarle un cercado con punta de vacas y otro con punta de toros; sentarle en graderío desde donde presenciará él encierro con su parada de cabestros; luego, punta de yeguas y por fin ejercicios de doma vaquera y monta española.
Cambia el papel de las fuerzas productivas aunque permanezca el de los medios de producción, de modo que el vaquero, además de sus funciones tradicionales, ahora actúa ante el público. Cambian las relaciones de producción; ahora hay que contar al cliente –en inglés- desde que los toros embisten y si pueden, matan, hasta lo bonito que es el campo.

     Supongo que Don Álvaro torcería el morro y tragaría saliva, porque no es lo mismo enseñar en silencio a los aficionados la torada del 13, que dejar ocho cuatreños en un cercado para que el guiri –que ha pagado 20 euros- acabe preguntando si sufren mucho con las banderillas.

       Pero hoy por hoy, si la empresa quiere sobrevivir y criar bravo, deberá aceptar la crianza de cárnico y la explotación turística; variante ésta última difícil de asumir por un personal poco amigo de lo folclórico y que sin embargo puede resultar de utilidad a la tauromaquia, pues quien conoce las fincas (aunque sea de pasadilla) estará más predispuesto a valorarla que quien ignora todo. Claro que más de un simple ecologista pensará que declarando a las ganaderías parques naturales o título similar podrán mantenerse sin necesidad de lidiar toros. ¿Qué quien paga?. Papo!. El ayuntamiento o el estado. ¿Quién sino?... Qué cosas!.

     Como “A campo abierto” había finaliza en octubre, sólo pudimos ver el cercado de las vacas aparatosamente armadas, vestidas con variadísimas pintas y cansadas de turistas; almorzaban a lo lejos entre cimbeleos de chotos y ausencia de semental que andaba de rebaje, de modo que tras hacernos el cumplido, buscaron arboleda donde desaparecer. Son la muestra de las 350 vacas que surten a la ganadería.
La punta de cuatreños, fue acercándose movida lentamente por dos vaqueros hasta llegar a respetable distancia, de allí no quisieron pasar. Mostraban el variado fenotipo de la casa disminuido por las aparatosas fundas en los pitones capaces de estropear el trapío del mismísimo Lucifer y miraban como si nos conocieran de toda la vida. Insolidario, un melocotón casi albahío de cabezorro plano, puro Braganza, bamboleaba su corpachón cubriéndose con los troncos mientras los badanudos y más juveniles salpicados hacían el pase. Son la muestra de las ocho o diez corridas dispuestas para lidiar el año próximo en territorios toristas.

     Y eso fue todo, presumimos lo que por aquellos cercados podía haber, pero sólo fueron dolidos barruntos similares a los del gran poeta catalán Juan Perucho, quien incapacitado para leer, se lamentaba :

 «no puedo leer los libros, sólo tocarlos, olerlos, oír el ruido que hacen sus páginas al pasarlas». 

El tiempo de D. Álvaro ha pasado ; el nuevo –si lo es- aún no ha cristalizado, pero en el Sur apunta hacia mayorales que hablen inglés y hatos reducidos sólo accesibles a veedores.

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Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)