REFLEXIONES Y APUNTES SOBRE EL CARNAVAL DEL TORO 2.017 (II) . 

J. Ramón Muelas

foto. Jose Carpita

 

    Bien sabe el torero popular la importancia del paraje donde se corran los toros, porque en función del paraje los lances se impregnan de la simbólica propia de ese lugar y entonces es mucho mayor la eficacia de la satisfacción inmaterial que nos causa su ejecución. No es igual el mismo lance en la calle de un polígono industrial que en la Empedrada de Portillo.

     Ciudad Rodrigo propone una topología propia de plaza fuerte. Correr el encierro hasta subir al Registro -si se tiene el suficiente fuelle- es ir capturando las líneas puras de la arquitectura militar barroca mejoradas durante dos siglos más; allí estás como ante los ojos de Dios, “pulvis eris”; no puedes protegerte, no puedes esconderte; el glacis, los fosos batidos, los baluartes, .. todo está pensado para que si intentas subir y asaltar la plaza resultes alcanzado por un proyectil.
No hay cubiertas ni abrigos; tras el glacis viene el foso; tras el foso, la escarpa; todo en manos de la fortuna y de los ojos y los elementos de puntería de quien ni siquiera asoma por la tronera. Y así, como el infante que se arrastra glacis arriba esperando el empujón caliente de un carabinazo, asciende el corredor capacitado escuchando el repiqueteo de pezuñas y el respirar entrecortado del toro y para complicar más la cosas, vocea la Campana Gorda.

    Puede ser sugestión pero 30 metros antes del Registro, sus badajazos suenan perfectamente a réquiem; al entrar bajo los muros ya suena a rebato, y vísperas de la Puerta del Conde, a gozo, como el Reloj Suelto de Tordesillas los Martes de la Peña antes de la cacicada de la Junta de Castilla y León.
Mira, lector la excelsa fotografía de Enrique Carnero que abre este artículo. ¿No hueles el sudor pajizo de la caballería?. ¿No te salpica la baba blanca de cabestro que se pega como la goma arábiga?. Hasta se nota salir de las manos extendidas de las mujeres esa intención de poseer, de unirse, de tocar al rey de Natura; y en medio de esa vorágine fiado a la voluntad de Dios como el infante, van los corredores movidos por el atrevimiento de coronarse reyes de la creación, y los que lo logran no caben en sí de gozo.

     Queda claro que este encierro no es para supersticiosos, sino para toreros de tronío material e inmaterial, para hidalgos, para hombres; quiero decir para individuos que pertenecen completamente al género humano, para los que se consideran mitad bestias mitad hombres, todo esto es chau-chau.

 

     Es de advertir que Ciudad Rodrigo invariablemente se ha esmerado en la elección de los toros; compraba en ganaderías de firma allá por 2.008, cuando corría el dinero; hoy, en pagos de menos nombre, pero siempre bichos con presencia. Igual ha sucedido este año: Lucidos, bien presentados, con años y kilos; tocados de pitones lo justo, destacaban el Toro del Antruejo, de los Hermanos Celador, precioso cárdeno entrepelado con aire santacolomeño cercano a los Adolfos, aunque parece ser un Osborne; un Contreras chorreado verdugo, carifosco y de mirada criminal de la Hergijuela, y un zaino de San Román. Pero en conjunto, la presentación era notable.

     Otro cantar ha sido la manipulación de pitones, donde en algún caso se han excedido; prescribe el reglamento el despuntado de pitón sin dañar la integridad de la clavija ósea (aunque muchos prefieren la cornada en limpio que la cornada con una brocha); por lo que parece, la pareja veterinaria no quiso correr riesgos y dejó algunos pitones como escobas, aunque cabe preguntar dónde estaban en el momento del reconocimiento el presidente, el delegado de la autoridad, el organizador y el ganadero o sus representantes. ¿Por qué no impidieron esa mala práctica?. Otros, ciertamente, estaban como alfileres.

     Domingo de Carnaval 26 de Febrero a las 11:00 h. tuvo lugar el famoso encierro a caballo con 6 toros de la ganadería de La Herguijuela (encaste Contreras) donde destacaba por su vivacidad un chorreado verdugo carifosco. Salieron revueltos, con una mano de caballos tratando de frenar a un toro suelto y galopador que seguía colas incansable y repartía estopa si algún jinete trataba de frenarle; así llegaron a la boca del embudo, donde el toro, notando el cambio de suelo, giró sobre sus pasos y regreso a la tierra blanda.

     Tras repetidos y fallidos intentos de la caballería, apareció de pronto el grueso del encierro con 3 toros más, entonces el díscolo se unió a los cofrades y entraron en la carrera atalancada embolsados por vanguardia y retaguardia. Acabaron fragmentándose llegando a la plaza los bueyes y luego, en hermosa estampa cargada de sabor y reciedumbre, una mano de cuatro jinetes con el toro a cola todos galopando; tan pegado le llevaban que una vez en la plaza no se pudieron abrir las puertas para evacuar a los jinetes, con lo cual quedaron apostados a tablas mientras el toro ahilaba hasta ampararse en la parada que esperaba en la esquina de la plaza.
 Los jinetes debieron recorrer la plaza longitudinalmente para salir del alcance de los toros, pero al final se encerraron cuatro animales sin ellos abandonar la plaza, cosa de estimar y trasunto de los antiguos “empeños” que agradó a la afición asistente.

       La capea, clásica del domingo de Carnaval: Había toro serio y toreros que lucieron sorteando en recorte y en nuestro corte castellano tradicional a topatestuz; toreros de trapo ínfimo que capearon quitando y poniendo entre los ojos como en los tiempos de Pepe Illo; y si bien no abundaron los siempre lucidos quiebros, sí que hubo saltos, y muy buenos .

      Lunes de Carnaval 27 de Febrero a las 11:00 h.: se encerraron seis toros de Alberto Mateos Arroyo (encaste Baltasar Ibán). De morfología y encornaduras diferentes, amplias cajas, recia culata y mirada grave, presentaban el trapío del toro hecho realzado por los rizos de la testuz. Subió el encierro olvidándose de los bueyes, al paso, fraccionado y girando sobre sí mismos para separar a los corredores; la lentitud facilitó carreras hasta llegar al segmento Registro – Puerta del Conde, donde los toros se detuvieron pesándoles la cuesta; era el momento de los sorteadores; el momento que esperaba el maestro de la rueda, torero que este año no perdona bicho sin quitarle la soberbia y cuya exquisita técnica le permite hacer la suerte tocando la testuz hasta que el toro para o cae.

     Cuando se detuvo toda la torada en el umbral de la Puerta, desplegaron los bichos en línea un tanto despistados, sin hacer caso a los toreros que les entraban por los flancos tratando de llevarlos hacia la plaza; sólo uno, precisamente el que estaba suelto a modo de voltigeur, arrancó llegando a tablas, donde derrotó buscando carne. Como que no hacía nada, metía el asta hasta la pala por la gatera de la talanquera, arrebañando lo que pillaba: ¡Sabía latín!.
La torería fue cerrando sobre el grupo y le espabiló a base de cites, forzándole a adoptar el despliegue conveniente; es decir, formar un erizo de modo que todos los accesos al grupo quedaran vigilados por algún toro y arrancándose el toro situado en el sector por donde viniera el mayor riesgo. Fue el momento más vibrante del encierro porque en esas arrancadas llegaron con fuerza a talanquera, siguieron a los toreros e incluso husmearon las gateras, controlando con el olfato lo que había tras los largueros y luego metieron pitón por debajo del palo bajo, detalle propio del toro hecho. Pero bien fuera falta de fuerza, bien inseguridad ante el deslizante suelo de canto y granito, no desarrollaron en movimiento todo el potencial que se les veía.

     Los lances fueron ralentizándose hasta que un toro cruzó el cañón de la puerta; los demás se acercaron poco a poco y en estas, un torero trató de hacer la suerte del mono, rodando a cuatro patas; se le vinieron encima dos bichos arrebatándole el espacio y le fue forzoso salir volando hacia talanquera seguido por uno de los toros. Al poco sólo quedaba un toro rojo que acometía con ese trote canguresco propio de quien no tiene fuerza, pero plantaba cara a los muchos toreros que le circulaban.

      Tanto la capea como el encierro tenía su música, porque algunos pitones apenas estaban tocados y se les veía en punta, lo que unido a la aparatosa cornamenta, obligaba a preguntarse dos veces qué se iba a hacer. Los de capea, unos salieron mochos y otros con puñales y con unos y con otros se vieron galanuras tan bellas como peligrosas; desde el sorteador que cigarro en mano se mete en la cara, espera el derrote y sale por milímetros sin inmutarse, hasta el capeador que agita como si sacudiera la chaqueta de las migas de un banquete, la baja en la humillada y la vuelve a subir, de modo que el toro brinca burlado en los aires mientras el torero pliega y sale sin risa ninguna. Lo amónico, lo sutil, el despilfarro de mesura, valor y armonía ante toros de verdad. Por supuesto que tales lances llenan hasta la bandera la plaza de Ciudad Rodrigo.

     Martes de Carnaval 28 febrero a las 11:00 h y con las talanqueras menos pobladas que los días pasados se corrieron seis toros Domecq / Torrestrella de los Hermanos Cambronell, de hermosas pintas, hechos y bien presentados. La salida de toriles fue rápida. Poco a poco el encierro ahilaría fragmentándose; incluso con algún animal que ya encaraba a talanqueras. No reducían velocidad, ni remataban, ni seguían objetivo, pero marcaban a todo y la distancia entre animales iba aumentando lo que dificultaba mucho la carrera, así que subieron prácticamente solos.

      Llegados a los Pinos quedó descolgado un castaño mientras el grueso del encierro ascendía a buen paso en la subida al Registro donde se notó la menor afluencia de corredores que los días pasados; el castaño comenzó a repartir algún derrote que iría diluyéndose conforme avanzaba. Un encierro poco satisfactorio para corredores y menos para atalancados y sorteadores, cuyo papel se redujo a mirar.

      La capea fue de tronío con iguales lances a los días pasados y toros astifinos de pelo de invierno, lo que les daba particular morfología.

      La conclusión final del Carnaval 2.017 es positiva: Muchísimos aficionados, especialmente el fin de semana, caballería a punto y torería con un nivel envidiable tanto a cuerpo como a trapo; el buen ambiente tradicional y el grato sabor de boca que siempre dejan estos toros tempranos.

     Respecto al tratamiento de los medios de comunicación, el carnaval ha pasado ignorado porque lo que lleve cuernos no les interesa y es lo mejor; ya que sus entradillas más parecen partes de la Guardia Civil de tráfico que notas taurinas. Véase esta joya de ABC Castilla y León:

Sucesos: “El Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo deja 42 atendidos el fin de semana, dos de ellos muy graves”.

 ¡Anda que no hubo lances!, pues sólo ven sangre; debe ser un resabio de tanto matar marcianos en la play. Y en esta línea han operado la mayor parte de los medios, destacando lo negativo. No sorprende, pues quien tiene un medio es para imponer una ideología y si es posible no perder demasiado dinero en el afán; la técnica de asociar función popular con accidentes y heridas es la forma de negativizar esas funciones y hacerlas censurables ante el urbanita objeto. Tan despreciable como real.

      Por cierto, estos días ha aparecido una receta utilizada por el doctor Escribano en la Tordesillas de 1.639, útil para curar cornadas y en general, heridas abiertas. Si el lector es aficionado a la composición de antiguos fármacos, aquí la declaro, aunque espero que no necesite usarla nunca.

     Cornadas: 4 libras de aguardiente y 0,5 libras de triaca magna según Laguna, (compleja mezcla donde entran desde opiáceos hasta cabezas de víbora, ojo al Seprona). Destílese, conservar esta agua que se verterá sobre la herida así como mirra y acíbar. Se advierte que con la cantidad de toros que se corrieron en la villa aquellos años y los pocos muertos por asta de toro que se hallan en los libros de difuntos, el potencial bactericida, cicatrizante y anestésico de tal agua debía ser notable.

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Martes de Carnaval

 

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)