Es costumbre de Castilla celebrar a gente de importancia corriendo
toros en su honor; es más, en tierras señoriales, no correr los
toros para honrar al noble propietario de la villa o lugar cuando la
visitaba, podía interpretarse como desacato, y en tierras concejiles
correrlos o no correrlos era la forma de representar la opinión de
la villa sobre la calidad y auctoritas del personaje, incluso de la
deidad … y así seguimos.
Torrelobatón es una villa conocida por su castillo, su grupo de
paloteos (el mejor de la Cristiandad) y el Beato padre S.J. Bernardo
de Hoyos y de Seña, hijo de la villa y gran divulgador del culto al
Sagrado Corazón; gente de importancia en cuyo honor se celebran
fiestas de toros al uso castellano y mucho más. Basta ojear el
programa de fiestas para comprobar lo dicho atrás, cuyo introito
declara: “Fiestas de los toros en honor al Beato padre Bernardo
de Hoyos” , fiestas donde ejecutan todas las variantes de la
tauromaquia popular pese a tener solamente sobre 400 habitantes de
los 1.300 que llegó a tener hacia 1.960; claro que hoy domingo 23 de
agosto a las 10.30 h. la tauromaquia hizo su milagro (o el padre
Hoyos) y cosa de al menos 300 vehículos de todo pelaje repoblaron la
villa en un momento. ¡Velay que elegante manera de resolver el
problema de la despoblación!.
 |
En el gran páramo situado al sur de la villa desplegaba la torería
de los Torozos al completo formando con los vehículos “U” en cuyo
mínimo estaba dispuesto el camión-toril donde un par de novillos,
rojo y negro zaíno esperaban turno, todo envuelto en cortina de
polvo que agrisaba los hermosos amarillos de barbechos por
barbechar, zumbidos apagados de motores esparcidos hacia las cuestas
por las palas de aerogeneradores, ligero viento seco y áspero y
sobre todo un sosiego general, paz absoluta donde tendrían que haber
reinado la confusión, la precipitación, las voces …. Pero no, la
inmensa “U” parecía tener estudiado y practicado el manual del
perfecto comportamiento a observar si se pretende que esta
particular tauromaquia funcione. Se estaba muy bien en aquel paraje
quintaesencia de la austeridad castellana donde tanta paz y tanto
sosiego, hacían gustosa la espera.
s.JPG) |
A las 10.30 h. cohete, ¡Va!, cascos contra la rampa de descenso, un
novillo rojo velocísimo que derrota hacia su izquierda y sale
escapado haciendo hilo a los parachoques de los coches que atalancan
el páramo; luego, como en el soneto cervantino, miré al soslayo y no
hubo nada, ni siquiera se inmutó la parada de bueyes apostada a
bocacajón para amortiguar la salida, únicamente una pequeña mano de
caballería tomó rumbo sur siguiendo al toro.
Al poco soltaron al zaíno, más pacífico animal que integrado en la
parada inició la marcha lenta hacia la villa. Entonces se movió el
dispositivo completo para seguir al encierro: Bueyes en vanguardia,
a su cola el toro, delante los caballos guía, elipse de caballería
envolviendo todo y los vehículos detrás a modo de retaguardia. La
caballería no asfixiaba ni incordiaba al toro, respetando los
espacios necesarios para maniobrar en caso de arrancada repentina.
Los coches también desplegaban sin apretones ni cruces inoportunos y
todo el conjunto avanzaba cada vez a mayor paso, ya que el suelo
seco, de pajas y perfectamente llano permitían a cualquier vehículo
circular con comodidad en aquella topología totalmente vacía; ningún
obstáculo, ninguna tapia, árbol … nada en el hermoso páramo.
Conforme se tomaba norte, la parada racaneaba hasta por fin
abandonar el encierro, aunque el toro no siguió sus huellas, se
acopló a cola de los caballos que prontamente le cerraron el frente
y poco a poco volvió la calma.
 |
Vísperas de la villa, donde nacen las cuestas que descienden desde
el páramo hacia el foraño, comenzó el arreón cabalgando la
caballería seguida de los vehículos en una carga fantástica, todo
vigor, botes y algún coscorrón, pero pese a ir embalados cuesta
abajo se mantenían las distancias escrupulosamente.
Al final de la cuesta la polvareda obligó a decelerar; entonces el
toro giró en redondo y regresó al páramo deteniéndose: Era la hora
de la caballería, que no tardó en comenzar a caracolear citando al
toro; éste tenía arrancada en corto y carrera de sobre 20 m., a boca
cerrada, entero, tomó querencia en un rellano para al punto ser
cercado por los coches en círculo amplio.
Detenido el encierro, apagaron motores y
disfrutamos en espeso silencio del resoplido de los caballos e
incitaciones de los jinetes. Tras varias carreras poco a poco se
recompuso el concurso, el círculo estrechó a elipse y comenzó la
bajada definitiva a la villa.
Respecto al toro rojo, cuando quisimos ir a buscarle nos encontramos
con la columna que regresaba a la villa. El encierro había
finalizado.
Cerraría la función con excelente vermú donde corrió el verdejo para
quitar la polvareda del cuerpo, analizar lo vivido y concluir que
este tipo de encierro permite a numerosos aficionados disfrutar de
la proximidad del toro pero exige respetar la distribución del
espacio, conductores capacitados para responder cuando el encierro
toma velocidad, cordura y seso para que reine la buena orden y
espacios amplios, vacíos y de firme aceptable. Todas estas calidades
se observaron en Torrelobatón.