TORRELOBATÓN. LA TAUROMAQUIA DE LA MOVILIDAD   

J. Ramón Muelas García

 

 

     Es costumbre de Castilla celebrar a gente de importancia corriendo toros en su honor; es más, en tierras señoriales, no correr los toros para honrar al noble propietario de la villa o lugar cuando la visitaba, podía interpretarse como desacato, y en tierras concejiles correrlos o no correrlos era la forma de representar la opinión de la villa sobre la calidad y auctoritas del personaje, incluso de la deidad … y así seguimos.

     Torrelobatón es una villa conocida por su castillo, su grupo de paloteos (el mejor de la Cristiandad) y el Beato padre S.J. Bernardo de Hoyos y de Seña, hijo de la villa y gran divulgador del culto al Sagrado Corazón; gente de importancia en cuyo honor se celebran fiestas de toros al uso castellano y mucho más. Basta ojear el programa de fiestas para comprobar lo dicho atrás, cuyo introito declara: “Fiestas de los toros en honor al Beato padre Bernardo de Hoyos” , fiestas donde ejecutan todas las variantes de la tauromaquia popular pese a tener solamente sobre 400 habitantes de los 1.300 que llegó a tener hacia 1.960; claro que hoy domingo 23 de agosto a las 10.30 h. la tauromaquia hizo su milagro (o el padre Hoyos) y cosa de al menos 300 vehículos de todo pelaje repoblaron la villa en un momento. ¡Velay que elegante manera de resolver el problema de la despoblación!.
 

 

     En el gran páramo situado al sur de la villa desplegaba la torería de los Torozos al completo formando con los vehículos “U” en cuyo mínimo estaba dispuesto el camión-toril donde un par de novillos, rojo y negro zaíno esperaban turno, todo envuelto en cortina de polvo que agrisaba los hermosos amarillos de barbechos por barbechar, zumbidos apagados de motores esparcidos hacia las cuestas por las palas de aerogeneradores, ligero viento seco y áspero y sobre todo un sosiego general, paz absoluta donde tendrían que haber reinado la confusión, la precipitación, las voces …. Pero no, la inmensa “U” parecía tener estudiado y practicado el manual del perfecto comportamiento a observar si se pretende que esta particular tauromaquia funcione. Se estaba muy bien en aquel paraje quintaesencia de la austeridad castellana donde tanta paz y tanto sosiego, hacían gustosa la espera.

     A las 10.30 h. cohete, ¡Va!, cascos contra la rampa de descenso, un novillo rojo velocísimo que derrota hacia su izquierda y sale escapado haciendo hilo a los parachoques de los coches que atalancan el páramo; luego, como en el soneto cervantino, miré al soslayo y no hubo nada, ni siquiera se inmutó la parada de bueyes apostada a bocacajón para amortiguar la salida, únicamente una pequeña mano de caballería tomó rumbo sur siguiendo al toro.

     Al poco soltaron al zaíno, más pacífico animal que integrado en la parada inició la marcha lenta hacia la villa. Entonces se movió el dispositivo completo para seguir al encierro: Bueyes en vanguardia, a su cola el toro, delante los caballos guía, elipse de caballería envolviendo todo y los vehículos detrás a modo de retaguardia. La caballería no asfixiaba ni incordiaba al toro, respetando los espacios necesarios para maniobrar en caso de arrancada repentina. Los coches también desplegaban sin apretones ni cruces inoportunos y todo el conjunto avanzaba cada vez a mayor paso, ya que el suelo seco, de pajas y perfectamente llano permitían a cualquier vehículo circular con comodidad en aquella topología totalmente vacía; ningún obstáculo, ninguna tapia, árbol … nada en el hermoso páramo. Conforme se tomaba norte, la parada racaneaba hasta por fin abandonar el encierro, aunque el toro no siguió sus huellas, se acopló a cola de los caballos que prontamente le cerraron el frente y poco a poco volvió la calma.

      Vísperas de la villa, donde nacen las cuestas que descienden desde el páramo hacia el foraño, comenzó el arreón cabalgando la caballería seguida de los vehículos en una carga fantástica, todo vigor, botes y algún coscorrón, pero pese a ir embalados cuesta abajo se mantenían las distancias escrupulosamente.
Al final de la cuesta la polvareda obligó a decelerar; entonces el toro giró en redondo y regresó al páramo deteniéndose: Era la hora de la caballería, que no tardó en comenzar a caracolear citando al toro; éste tenía arrancada en corto y carrera de sobre 20 m., a boca cerrada, entero, tomó querencia en un rellano para al punto ser cercado por los coches en círculo amplio.
      Detenido el encierro, apagaron motores y disfrutamos en espeso silencio del resoplido de los caballos e incitaciones de los jinetes. Tras varias carreras poco a poco se recompuso el concurso, el círculo estrechó a elipse y comenzó la bajada definitiva a la villa.

     Respecto al toro rojo, cuando quisimos ir a buscarle nos encontramos con la columna que regresaba a la villa. El encierro había finalizado.

     Cerraría la función con excelente vermú donde corrió el verdejo para quitar la polvareda del cuerpo, analizar lo vivido y concluir que este tipo de encierro permite a numerosos aficionados disfrutar de la proximidad del toro pero exige respetar la distribución del espacio, conductores capacitados para responder cuando el encierro toma velocidad, cordura y seso para que reine la buena orden y espacios amplios, vacíos y de firme aceptable. Todas estas calidades se observaron en Torrelobatón.

FOTOS

 

Patronato del Toro de la Vega. Tordesillas (Valladolid)