Poco a poco el Domingo de la Peña va consolidándose como el día de
mayor asistencia a las fiestas de la villa, superando incluso al
Inmemorial Torneo, sobre todo tras la cacicada de la Junta y Cortes
de Castilla y León prohibiendo el alanceamiento para satisfacer
caprichos woke.
A las 18.30 h. debía salir el encierro del Parado del Zapardiel;
compuesto con ganado de Astolfi que se presentaba cuajado, hecho, de
cuatreños para arriba y además bien mantenidos y mejor acompañados:
Sobre 350 jinetes tan lucidos como los toros aguardaban en la salida
del prado para envolver al encierro, lo que consiguieron sin grandes
trabajos aprovechando la también buena parada de bueyes.
Mientras en la villa ya iban rellenándose talanqueras de la Vega y
murallas prometiendo lleno.
No hubo novedades en la marcha de aproximación, llegando al Polígono
sobre la 19.20 h y haciendo alto en lo que daban las 19.30, hora de
entrar a la villa. Con toda puntualidad se volvió a mover el
encierro sucediendo un problema que suele aparecer tras las paradas;
y es que el ganado parece intuir que las cosas han cambiado,
comienzan las miradas, los pequeños rehúses, la descoordinación del
paso que se traduce en estiramiento y en presiones para escapar por
los flancos. Estas incomodidades suelen neutralizarse si los
cabestros tienen poder y los jinetes paciencia; si no, comienzan
voces, silbidos, juramentos, el conjunto se acelera y resulta
forzoso dar el arreón antes de tiempo para evitar desbandadas.
¿Sobra la última parada?.
Esto último sucedió y tuvimos ocasión de ver la más hermosa
cabalgada del año. Imagine el lector 350 caballos lanzados al galope
tendido desde el majuelo de la Josa; al punto aquello era una
polvareda tan espesa que no veías nada, aunque tampoco lo
necesitabas. La grandeza era el retumbar de cascos, las voces de
jinete animando a su caballo y a sí mismo; gritos guturales,
blasfemias, todo difuso, todo sombras y todo hecho un todo que
subyugaba. Volaban las piedras con los galopares aumentando el
peligro, pero los caballos parecen tener el don de resolver estos
problemas sin atropellarse, ni siquiera inmutarse.
Pronto llegaron al Cristo y todo parecía resuelto, pero no: Un
castaño hecho y derecho se dio la vuelta haciendo hilo con la
talanquera de la Riberilla de la Josa buscando el Prado pese a los
esfuerzos de la caballería para detenerle. Y tuvimos mini Toro Vega.
El toro era de poder, apretando a los caballos si cerraban en corto
para sacarle de querencia pero no se empleaba de continuo
reservándose para de vez en cuando acercarse peligrosamente a
talanqueras, donde los peones, gente veterana, temían que a nada que
apretara derribaría las defensas. Si se acercaba mucho había que
dejar la posición y salir sin prisa pero sin pausa hacia las
alambradas del majuelo. Cuando remató en serio un par de veces,
comenzaron las carreras generales de repliegue; parecía inminente
que tanto buscar salida le iba a dar sus frutos y eso inquietaba al
peonaje.
Mientras, la caballería no cesaba en sus intentos de sacarle a la
Cañada de Foncastín sin éxito en el empeño. Me pareció que aquello
necesitaba más contundencia, varas en serio capaces de obligar al
toro a dejar tablas porque corrían los minutos, los vaivenes y
carreras del peonaje se sucedían y daba la impresión de que allí
quien mandaba era el toro, a lo menos un peón se confesaba a la
polvareda cual si fuera el párroco de Santa María:
- Joder que
miedo estoy pasando.
Otro perdía de vista al toro y corría como ánima que lleva el diablo
hacia ninguna parte .,. y en fin, campeaba cierta inquietud.
Aquellos lances terminaron cuando llegó a la Vega la buena parada de
cabestros, se apoyaron en talanquera y poco a poco sosegaron y
condujeron al toro hacia el Prado, previo amago de entrada al pinar
del Parador.
El sol se puso por San Vicente y la polvareda fue alejándose hacia
el Polígono. Algunas familias montaron comedor de campaña entre los
coches y comenzaron a merendar. Nuestras cosas.
A eso de las 20.15 la caballería refrescaba sus monturas metiéndolas
en el río y la tranquilidad regresaba.
Un buen encierro.
